¿Qué tan fijas son nuestras primeras suposiciones?
Un intento cálido para sentirse en casa en un clima —y en una vida— que alguna vez se sintieron ajenos.
PERTENENCIA
Margarita Christen Psicóloga
1/19/20262 min leer


¿Qué tan fijas son nuestras primeras suposiciones?
Cada vez que veo un bloque de hielo acumulado en el suelo, afuera de un edificio, me detengo. No porque sea particularmente bello o extraño, sino porque todavía me resulta increíble. El hielo simplemente permanece ahí: sólido, inmóvil, sin apuro, ajeno al paso del tiempo. No intenta desaparecer. No se disculpa por estar.
Crecí en una ciudad donde el calor era constante, casi incontestable. Las estaciones se confundían entre sí y el frío era más una idea que una experiencia real. El hielo, cuando aparecía, pertenecía a los vasos o al congelador. Era algo pasajero. Se derretía rápido, como si supiera que no le correspondía estar ahí.
Por eso, incluso hoy, años después, en un lugar más frío, me sigue sorprendiendo ver el hielo sobrevivir a la intemperie. Hay una especie de impacto silencioso al darme cuenta de que lo que antes parecía imposible aquí es, en realidad, completamente normal. El mundo no cambió para adaptarse a mis expectativas; fui yo quien tuvo que cambiar.
Ese pequeño momento —el hielo en el suelo— muchas veces me lleva hacia adentro. Me recuerda cuán firmes pueden ser nuestras primeras suposiciones. Qué tan profundamente nuestros primeros entornos moldean lo que sentimos como “natural” o “correcto”. Incluso después de años de crecimiento, aprendizaje y mudanzas, algunas partes de nosotros siguen ancladas al clima de nuestra infancia.
He crecido. He cambiado. Mi familia ha cambiado, los vínculos se han transformado y la vida ha tomado rumbos que jamás hubiera imaginado en ese entonces. En la superficie, muchas cosas son distintas. Y aun así, algo de esa ciudad cálida sigue viviendo en mí, reaccionando en silencio, sorprendiéndose en silencio.
Tal vez así funcionan las predisposiciones. No desaparecen solo porque pasa el tiempo. Se suavizan, quizás se aflojan, pero siguen siendo parte del lente con el que miramos el mundo. Crecer no siempre significa borrar de dónde venimos; a veces significa aprender a notar cuando nuestro clima interno no coincide con el externo.
El hielo me lo recuerda una y otra vez: que la diferencia no tiene que ser dramática para ser significativa; que la adaptación puede convivir con el apego; y que, incluso cuando aprendemos a vivir en nuevas temperaturas —emocionales o reales—, siempre habrá momentos en los que el pasado nos toque suavemente el hombro y nos diga: recuerda.
Desde una mirada adleriana, la niña o el niño que alguna vez fuimos todavía organiza la forma en que hoy nos relacionamos con el mundo. Esas primeras impresiones no nos determinan, pero sí nos orientan. El hielo en el suelo me recuerda que, aunque nuestro estilo de vida se forme temprano, siempre tenemos la posibilidad de reinterpretarlo y de elegir, una y otra vez, cómo queremos pertenecer al mundo que hoy habitamos.
Si esta reflexión resuena contigo, tómala como una invitación a mirar más de cerca tus propias predisposiciones: cómo las experiencias tempranas pueden seguir influyendo en tu sentido de pertenencia hoy. Y si te gustaría contar con un espacio para explorar esto acompañado/a, estás más que bienvenido/a a contactarme.
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